A lo largo de los años que ejerzo
la docencia en educación básica, me he preguntado una y otra vez por qué las
instituciones educativas controlan la asistencia y puntualidad de los docentes,
mientras que las tardanzas de los estudiantes no son una preocupación mayor.
Pareciera que se educara al docente en el hábito de llegar temprano, pues si no
lo hace, la sanción del descuento es la consecuencia. Hasta ese punto estoy de
acuerdo: los docentes deben ser los referentes de los estudiantes, pero ¿qué se
hace con los estudiantes tardones? ¿Cómo se soluciona este problema? Considero
que una alianza estratégica entre formadores y padres es la solución, pero
primero se ha de reeducar a los progenitores.
El padre de familia ha tomado por
cierto que sus hijos están en la escuela para aprender lo que en casa no se les
enseña. Ha delegado a la escuela el rol de formador de hábitos y costumbres. De
este modo, el aprender a comunicarse, saludar, sentarse a la mesa, comer, no
tirar desperdicios, no hablar con la boca llena, no pintar las paredes, o
simplemente no ser soez ha quedado en manos de la escuela y no de la familia que,
en realidad, debería ser la primera en esforzarse en poner las bases.
Los estudiantes llegan tarde por
una serie de factores. Uno de los más recurrentes es que los padres salen a
trabajar muy temprano y los hijos se
quedan solos esperando la hora de salida de sus hogares. Entonces, la
responsabilidad de llegar temprano, sin que el adulto lo monitoree, queda en
manos del menor. Pero existe otro factor, también importante, y tal vez el más
preocupante, pues estando los padres presentes en casa, no son capaces de inculcar
el valor de la puntualidad. Entonces, ¿quién forma a quién? ¿Es posible que la
escuela tenga que además educar a los padres?
El expresidente Mujica decía que
las llegadas tarde de los estudiantes era responsabilidad de las familias. Lo
suscribo plenamente, pero resolver este problema desde las familias es el
meollo. Existen las escuelas de padres, mas la asistencia es muy limitada, ya
sea por trabajo o desidia. Entonces, es urgente sensibilizar a los que dirigen
las instituciones educativas para encontrar mecanismos para convocar a los
padres en estas charlas; esto es, una vuelta a la escuela de los padres para adquirir
hábitos.
Por todo lo dicho, es necesario
que los padres reconozcan la importancia de implicarse en la formación de la
puntualidad. Los padres deben tener conciencia de que son los primeros
formadores, que los hábitos se forman en casa y se consolidan en la escuela.
Esto significa que la escuela no los suple, sino que los acompaña en la función
de formar en hábitos. Pero primero se ha de reeducar a los padres, que también
han perdido la noción de este valor. Cuando se logre este salto, la alianza
entre padres y escuela será el motor del cambio. Este es el reto que deben
afrontar las instituciones educativas hoy por hoy.
Consuelo Meza L
